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jueves, 13 de noviembre de 2014

Un jubileta de treinta y pico

La gente que conozco me dice que no hace falta que siga hurgando en las antiguas heridas. Que no siga escribiendo sobre temas pasados, que están más que retequesabidos. No, no hace falta. Pero insisto en el tema, como para autoreforzarme en mi autodeterminación de seguir una vida alejada de los vicios.

No, señores. Ya hace mucho que no me drogo. Y no, señores. No soy un putero. A pesar de que alguna vez me haya ido de putas. Pero no es algo que tenga como habitual. Es más. El sólo pensar en irme a un puticlub, ya me pone bastante nervioso. No como la primera vez que fui, con dieciocho años, que ignorante de la vida, hambriento de nuevas experiencias y lleno de curiosidad, nos fuimos yo, y un ahora médico de profesión, que entonces se conocía como amigo mío. (El que ahora esté endiosado a causa de su profesión, como en un pedestal a cuyo alrededor está todo el resto de pacientes y mortales, no viene a cuento, aunque quiera hacer hincapié en que mucha gente se vuelve gilipollas con el tiempo, con los bienes materiales, los hijos, la mujer, el coche, la casa y se vuelven estúpidos que ya no te conocen o no te quieren conocer.) a un puticlub con unas señoras putas muy guapas y hermosas, que era todo un gozo que te tocaran el pijo, que estaba más duro que un pan un mes en una bolsa. Pero era algo arriesgado y ninguno sabíamos a lo que nos exponíamos.

El sexo es mucho más agradable con alguien a quien amas, o con una persona que no lo hace contigo por algo a cambio. Que sea algo que se hace voluntariamente, por o sin amor.

Hoy en día, que para ver mi belleza hay que hurgar muy adentro mío y no dejarse llevar por la gordura, sólo se me arriman putas viejas y feas. Y gordas.

Como si a los gordos nos gustaran las gordas. O a los negros las negras. Yo puedo estar gordo y que me gusten las flacas. O puedo estar flaco y que me gusten las gordas (como mi padre). Cada uno tiene sus gustos. Ni los rubios con las rubias, ni los flacos con las flacas o los gordos con las gordas.

Oye, hay chicas flacas y guapas que le gustan los gordos. A pesar de que la moda de hoy sea estar delgado. Cuando era pequeño, que estaba yo regordete, las viejas decían que yo era guapiiiiisimo. Y es que en época de la postguerra, el gordo era el guapo. Y el flaco era el raquítico, el feo. La mujer bella era la gorda. Y la flaca era la seca y la estéril.

Así que, me encanta el sexo. Me gustan las mujeres. No me gustan las putas. Porque a pesar de sus insinuaciones, de sus directas, son frías, están frías y al final, es tan sólo un servicio por el que has pagado. Para eso me la casco y me ahorro un buen cacho de dinero. Y menos después de la última vez que estuve en un puticlub de la zona y me contagié de piojos. Horrible. Yo que nunca tuve piojos, ni de niño en la escuela. Siempre he sido muy limpio y he llevado cuidado con mi higiene personal. ¿Y que me tenga que ir yo a hora de putas y pillar piojos? ¡A la mierda!

No vuelvo de putas. Jamás.

Cochinas, guarras. Y más cochino el dueño del puticlub, que permite esa falta de salubridad en su recinto.

Tras haber comprado mata piojos, echarme varias veces, ducharme otra infinidad, regarme con agua de colonia, no quiero saber lo que sería tener ladillas. Los piojos son ya horribles. Las ladillas tienen que ser una pesadilla.

Y más si pillas otra enfermedad peor. No quiero saberlo.

Cuidado con quién te acuestas.

Prefiero cascármela en la soledad de mi casa. Antes que pillar una mierda de alguna desconocida.

Perdonadme por presentar tan abiertamente todas estas cosas mías tan personales. Habrá quien se horrorice. Pero ¡Vamos! ¿Quien de los hombres que están leyendo esto no ha ido a un puticlub al menos una vez? Aunque no se haya acostado con ninguna puta… Venga!

Me la trae floja que me juzguéis. Pues ya cometo yo mismo el pecado de juzgar a cierta gente. ¿Como voy a evitar que me juzguen ustedes? Y más aún, después de abrir mis intimidades descaradamente.

Vuelvo al principio:

Me dicen que no hace falta que escriba mis intimidades. ¡Ya lo sé! Pero me gusta. Y ya que no tengo la oportunidad de hablar con nadie, por lo menos, lo cuento a los vientos. Todo este tiempo que he estado sin escribir, tampoco se me ha puesto nadie en contacto. Y si he intentado contactar a alguien, nadie ha habido al otro lado del hilo de conversación…

¿Queréis diversión?

Pues aquí tenéis diversión. Leed mis intimidades, regocijáos en mi basura. Mirad la paja en mi ojo. Cómo critico la paja de los ojos de los demás, cuando todos llevamos vigas en los lagrimales.

Echo de menos a mis amigos. Incluyo a las amigas. Amigos y amigas. Que un día estaban ahí, y hoy día ya no están, porque sus trabajos les absorben, les absorben sus nuevas familias y sus nuevas obligaciones.

Yo camino mi camino yo sólo.

Me junto oportunamente con quien quiere beber una copa conmigo. Tomar un café. Charlar un rato. Como un viejo. Un viejo que se ha jubilado y espera ansioso una visita a su casa. Que luego no dejará marchar, porque en el fondo, está deseoso de hablar y hablar sin parar.


Un jubileta a los treinta y pico.

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