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sábado, 21 de junio de 2014

50 años en el tiempo

Estamos todos acostados a todo lo largo de la gran sala, como los coches aparcados en batería.
Es la siesta de los alumnos del instituto o de la universidad.
A mi derecha yace una muchacha.
No sé si me gusta o no. Lo que es seguro es que hay una gran atracción sexual entre nosotros dos.
Las piernas se entrecruzan como si estuviéramos durmiendo. Fingiendo dormir.
Y oigo a dos chicas despiertas diciendo que ya era hora que nos enrolláramos. Que lo nuestro se veía ya a la legua.
De pronto siento que alguien se inclina sobre mi para darme un beso y al sentir su cálido aliento sobre mi, me sobresalto al ver que es un chico el que me quiere besar.

Me despierto de golpe y me veo en una zona ajardinada de una zona residencial y busco un nombre en uno de los buzones postales.
Veo que estoy en un barrio de Torrepacheco.
Pero no es hoy. Es un día cualquiera de dentro de cincuenta años.
Conozco la zona pese a los cambios que ha sufrido a lo largo de esos cincuenta años de hibernación.
Voy caminando y llego a una zona concurrida de la ciudad. Ha crecido tanto que Torrepacheco y Pozo Estrecho están unidos y veo por la calle caminando a un viejo amigo. Que ahora es mucho más viejo que yo.
Le pregunto a un vecino "es ese Gines".
¿Ginés Domenech?, ¡ese es su hijo!, Ginés es ese viejo que va por ahí.

Y me veo a un viejo con un largo y poblado bigote blanco. Con unas pequeñas gafas de rejilla circulares del tamaño de sus globos oculares.
¿Ese es Gines?, ¿el que toca la trompeta y se dedica a la ingeniería agrícola?
Sí, ese es.
Esta totalmente irreconocible. Pero aunque yo no lo reconozco, al verme me dice:
"¡Coño, Montoya! ¡Pero si estas igual! ¡Cómo te conservas!"
Y yo le respondo:
"El secreto está en viajar 50 años en el tiempo".

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